martes, 15 de junio de 2010

El tren

Pelo castaño largo y ondulado, piel morena. Vestido corto veraniego de algodón de color gris con cinturón negro. Figura esbelta. Delicada espalda visible por el escote del vestido. Hermosas piernas. Zapatitos beige que dejaban ver los bellos dedos de sus pies. Me había enamorado. Era la tercera vez en ese día. Me había enamorado ya antes, esa misma mañana, al bajar en el ascensor con mi vecina. De nuevo en la parada del autobús. Ahora había llegado a la oficina y encuentro esta chica sentada en un banco justo enfrente. La vida es maravillosa. Si me enamoro más de dos veces en el camino al trabajo, ya voy todo el día con una sonrisa esbozada en los labios.


Subí a la octava planta, donde esperaba mi jefe con su habitual mirada inquisitiva. Justo en el umbral de la puerta. Allí estaba él: bigote perfilado, pelo engominado hacia atrás, traje impoluto, camisa bien planchada y cara de cabreo constante. Parecía una parodia de sí mismo. Enarqué las cejas a modo de saludo y pasé de largo sin hablar con él, directo a mi puesto de trabajo. Saludé a los compañeros con los que compartía aquellos escasos metros cuadrados que llamaban oficina.


Raquel, la chica que se sentaba enfrente de mi escritorio, vestía una blusa rayada con tonos malva y lila, con varios botones desabrochados que dejaban ver ostensiblemente sus turgentes pechos. Hacía ya unos cuantos días que los juegos de miradas entre ella y yo eran más que evidentes. Nuestra relación, sin embargo, no iba más allá de tomar un café de máquina y charlar de cosas insustanciales. Yo intentaba sonsacarle, sin demasiado éxito, detalles de su vida privada. No había manera de hacer que soltase prenda. Yo quería que me confesase si tenía novio. Realmente no me importaba, pues tampoco estaba buscando una relación seria con ella, pero en el supuesto de que ella no tuviese pareja, las cosas se presentarían algo más fáciles para mí.


Debía tener acabados dos artículos para antes de mediodía. Me encontraba realmente espeso esa mañana. Me acomodé en la silla y estiré la espalda hacia atrás con los brazos extendidos. Alfredo, mi jefe, ya estaba encima de mi escritorio. Me miró a los ojos y frunció los labios y el ceño. Finalmente soltó algunas palabras.

- ¡Peláez! - espetó - ¿Piensa llegar algún día a su hora?

- Lo siento, jefe - respondí - ayer estuve hasta tarde trabajando en casa. Si le parece bien, hoy me quedo un rato más para recuperar.

- No necesito que se quede más tiempo, lo que necesito es que vaya a hacer un recado por mi. Tiene que ir a una reunión a Girona con el editor de la comarca.

- ¿Qué? - eso sonaba horrible y aburrido - ¿No hay alguien más que lo pueda hacer? ¿Alguien más a quien torturar?

- Peláez, no empecemos, sabe de sobras que usted siempre habla con el editor de la comarca y controla todo el tema de los escritores de Girona. ¿Leyó usted mi correo de ayer?

- Sí, claro - lo recordaba vagamente.

- Pues quiero que ponga todos esos datos en común con el editor. Y debe irse ya o no llegará a la reunión a tiempo.

- La verdad es que tengo algo de trabajo aquí. Debo terminar un par de artículos y verá...

- ¡No siga! - interrumpió - Podrá acabar los artículos en el tren. Llévese el portátil.

Llegué a la conclusión de que no había salida para aquello. Así que recogí mis cosas y me levanté. Sonreí una última vez a Raquel buscando una mirada cómplice. Me correspondió.


Ya en la estación de Sants compré el billete de ida y vuelta para Girona. Aún tenía tiempo para tomar un café antes de que saliese el tren. Decidí tomar el café y un bocadillo pequeño de jamón. Apenas había desayunado en casa y me vendría bien para aguantar hasta el almuerzo. Me senté en la barra de un bar cafetería de la estación. Encontré muchas miradas, almas perdidas de aquí para allá. Gente que preguntaba a otras personas de manera impersonal, como si fueran postes informativos. Maletas, prisas, esperas interminables, nervios, pasividad. Se respiraba a estación.


Una vez en el tren, me fije en un grupo de cuatro alegres y jóvenes japonesas que se sentaban en los asientos del otro lado del pasillo, junto a mí. Charlaban afablemente mientras comían unos panecillos. De una manera casi servil, recogían todas las migajas que caían con cada bocado en una servilleta mientras seguían conversando. Esto me hizo pensar en lo sucios que solemos ser los occidentales. Sé que el carácter japonés es distinto, ni mejor ni peor, que el nuestro, pero siento cierta debilidad hacia esa cultura.


Saqué mi portátil y lo acomodé en la mesa de mi asiento. Enchufé el cargador para no gastar batería mientras pensaba en los dos artículos que debía escribir. La manzana de Apple apareció iluminando la pantalla. Por mi mente no discurría ninguna idea de provecho que me pudiera ayudar a acabar aquellos textos. Estaban esbozados a base de ideas sueltas aquí y allá. Pensé en la falta de inspiración que me embriagaba en esos momentos y me vino a la cabeza un texto de un escritor joven que no había publicado. Tenía el manuscrito en el portátil para echarle un vistazo y decidí recurrir a él para ver si me podía acercar a las musas.


El texto narraba la historia de un joven en un mundo distinto al nuestro, un mundo de sueños. Un mundo lleno de personajes estrafalarios que vestían ropas carnavalescas. Se podían encontrar enanos, ninfas y duendecillos. Los seres que habitaban el país conocían la alquimia sagrada y extraían pócimas secretas de los frutos de los bosques encantados. Tal y como iba describiendo los paisajes naturales de ese mundo, el narrador me transportaba a ese mundo imaginario. Hablaba de una inmensidad de tonos verdes. La imagen era maravillosa. El personaje principal, el joven humano, montaba en un reptil grande que atravesaba una especie de jungla de manera sinuosa a una velocidad estable. Debía dirigirse a la aldea más alejada del borde arbolado de la jungla. Se adentraba más y más en la vegetación hasta que la luz casi no penetraba entre las hojas de los árboles. La vista se iba acostumbrando a la oscuridad y, de tanto en tanto, algún árbol menos espeso dejaba pasar un haz de luz que ayudaba a seguir el camino. La frondosidad de la selva cada vez era mayor. En el poblado al que se dirigía el protagonista se había llegado a extraer, gracias a las plantas que solo allí crecían, una cura para una rara enfermedad que él padecía. Su piel había cogido tonos verdosos y había perdido todo el vello corporal. Tan solo le quedaba pelo en la cabeza. El bosque, aunque frondoso, perfilaba un camino a seguir, ya que no había ninguna manera de orientarse entre tanta vegetación. A ambos lados del camino se encontraban duendes que emitían ráfagas de luz con unas lamparillas. Se oían las risas nerviosas de los duendecillos. El protagonista se sentía observado.



CONTINUARÁ...

2 comentarios:

Iván Legrán dijo...

Yo creo que si no te desanimas y eres disciplinado tu escritura ya tiene las herramientas para contar una historia. Hay escritores que tienen un estilo transparente indicado para vehicular historias y hay escritores cuyo estilo es el vehículo en sí. Yo creo que eres de los primeros, así que está en tu mano ser persuasivo y, por ejemplo, si dices que esta historia va a continuar, átate un pañuelo a la frente -como el Nobita- y hazla continuar de veras.

Estaré atento.

¡Nos vemos pronto!

Redaccion dijo...

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