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martes, 10 de abril de 2012

El tren 4

CONTINUACIÓN...


La historia comenzó aquí, siguió aquí y aquí.


Poco a poco, fui recobrando todos los sentidos. Sentí la maleza húmeda entre mis dedos. Acerqué mis manos a la cara. Eran de un color verdoso. Palpé detenidamente mi rostro, que me pareció mucho más joven de lo que recordaba. Los duendecillos parecían extrañados al ver mi reacción. Hablaban entre sí y no lograba entender lo que decían. No sabía qué querían exactamente de mí. Intenté hablar, pero no pude articular ninguna palabra. Me sentí ahogado, totalmente incapaz de hablar. Finalmente, uno de ellos se adelantó al resto y dio un paso hacia donde me encontraba. Pareció dudar unos instantes y finalmente habló en un idioma que pude entender. No sé explicar muy bien cómo pasó. No hablaban mi idioma, pero podía entender aquella lengua.


- Llegas muy tarde -dijo-. No podemos estar aquí todo el día. No es seguro -buscó una mirada de aprobación del resto-. Vamos, levanta. Aún queda mucho para llegar al brujo. Realmente tienes una pinta espantosa con ese color.


Me levanté. Comparado con ellos, era casi el doble de alto. Empezaron a correr echando vistazos hacia atrás para comprobar que les seguía. No tenía otra alternativa. No sabía donde estaba y no me apetecía saber las razones que llevaron a aquel hombrecillo a decir que quedarse allí no era seguro.


CONTINUARÁ...


domingo, 2 de octubre de 2011

The Road

How do I know you're one of the good guys?
You dont. You'll have to take a shot.
Are you carrying the fire?
Am I what?
Carrying the fire.
You're kind of weirded out, arent you?
No.
Just a little.
Yeah.
That's okay.
So are you?
What, carrying the fire?
Yes.
Yeah. We are.
Do you have any kids?
We do.
Do you have a little boy?
We have a little boy and we have a little girl.
How old is he?
He's about your age. Maybe a little older.
And you didnt eat them.
No.
You dont eat people.
No. We dont eat people.
And I can go with you?
Yes. You can.
Okay then.
Okay.

McCarthy, Cormac, The Road, Random House, 2006, pp. 303, 304.

martes, 27 de septiembre de 2011

El libro electrónico

No pienso dar nombres. Hace unos meses que no paro de leer artículos que hablan de la inminente llegada del libro electrónico y del más que posible cambio en el modelo de negocio del libro. Téngase en cuenta que ya en esta frase hay, como mínimo, dos elementos con una alta posibilidad de ser matizados. Cuando algunos articulistas o columnistas -estos últimos dan más miedo- hablan sobre la «inminente» llegada o explosión o popularización del libro electrónico, se refieren a una realidad que se ha estado obviando o dejando de lado por parte de las mayores distribuidoras de este país. No es que el libro electrónico no haya llegado. El caso es que ha llegado mal. Ha llegado castrado, mutilado, sin algunas de las capacidades que podían dar un nuevo sentido al mundo editorial y un nuevo empuje a la forma de escribir y distribuir. Amazon podrá pronto poner a la venta libros electrónicos en nuestro país y será entonces, mal y tarde, cuando el resto de distribuidoras intentarán responder. Seguramente intentarán demonizar a Amazon acusando a la compañía de intento de monopolio. El caso es que intentarán subirse al carro cuando ya esté en marcha y vaya demasiado rápido. Con la fácil que hubiera sido que las distribuidoras se comportaran en este país como lo han hecho otras en el resto del mundo. No hace falta ser un genio para darse cuenta que el libro electrónico no es un desatino per se, sino que el desatino está en poner un precio sólo un euro inferior a la edición en papel de un mismo título. Así hasta ahora se ha ido aguantando, tirando, y, mientras que el Apocalipsis se acerca, algunos mendrugos ponen una base filosófica que no va a calar en la sociedad por mucho que lo intenten, ya sea alzando la figura del editor -como si fuese a desaparecer-, reivindicando el papel, o declarando la guerra a lo efímero de lo virtual o a lo peligroso de la cultura de internet. El «posible cambio» es algo que va a pasar sí o sí. No es que el libro electrónico vaya a pasar por encima del libro de papel. Esto aún está por ver. Lo que viene a crear el libro de papel es lo que ya ha creado en otros países que lo dejaron entrar: un nuevo nicho de mercado. Sólo es una oportunidad más para el comprador. Esto no acaba con el mercado en sí, lo reaviva y le da un nuevo matiz. Quizá costará más en España, que con tanta traba casi ha potenciado el pirateo del libro electrónico. El consumidor medio acepta un libro electrónico a mitad de precio que una edición de bolsillo, no casi al mismo precio. Si no se facilita esto, lo sencillo es bajárselo de internet, ya no a mitad de precio, sino gratis. En más de un artículo he leído que la cultura del «todo gratis» de internet acometerá perjuicios a medio y largo plazo que no se están teniendo en cuenta. Mirando atrás y fijándonos en una industria que pasó por un caso similar, lo que es obvio es que en un medio plazo existen más grupos de música que nunca y que la cultura está más al alcance de todos. Lo que también es una realidad es que ahora ya no es la distribuidora la que se lleva la mayor parte del pastel y que ya no hay nadie que se haga rico por sacar un disco. Lo cierto es que ahora hay más música que nunca y que el pastel está mucho más repartido; y que son muchos los artistas que ahora viven de su música, cuando antes eran unos pocos los que vivían de la industria. Nótese el matiz. ¿Pasará lo mismo con el libro? No tendrá que pasar mucho tiempo para ver el resultado.

viernes, 16 de septiembre de 2011

El parque

-El tacto es único -dijo sonriendo satisfecha. Parecía encontrar en la textura de la hierba algo casi mágico por la forma en que sonreía.


-Es rasposo -protesté.


-No, ¡Calla! -replicó- No es rasposo, es diferente. ¿Te has fijado en la tonalidad? -dijo observando el trozo de césped que tocaba- Me encanta cuando el césped se ve de este color. Entre ocre y amarillento. Ya no puede recuperarse, pero no está muerto del todo. Puedes sentir algo de vida todavía latente. Puedes respirarlo. Puedes sentirlo.


-Digamos entonces que se encuentra en un estado agónico, ¿no?


-No -respondió rápidamente-. No es tan humano como para agonizar -parecía saborear cada palabra que salía de su boca-. Tan solo es que sabe que va a morir, pero lo ha aceptado. Y nos deja disfrutar de su último color antes de la muerte. Este color nos llama a estirarnos en él -calló un momento, meditando sobre lo que acababa de decir-. El césped verde no tiene mérito. Es cuestión de regarlo. Es pura vida. En cambio, éste de aquí -dijo ya con un tono más sopesado y reflexivo- está justo en el momento de no retorno.


-Pues no deja de parecerme algo macabro -sentencié-. Es como si te divirtiese estar con gente en coma a la que le queda poco tiempo de vida. Para mi es demasiado triste.


-Sabes lo que dicen algunos médicos, ¿no? Esa teoría en la que se basan para animar a la familia a hablar con su familiar en coma. Dicen que pueden escuchar lo que les dices. Pues con este césped pasa lo mismo. Puedes hablar con él, comunicarte, sentir que conectas de alguna forma con su último estado antes de la muerte -mientras decía esto palpaba suavemente la superficies de la hierba-. Y cuando muera, se llevará todo eso consigo.


-¿Crees que está oyendo esta conversación?


-¡No, tonto! -gritó riendo-. No funciona de ese modo. Es algo más espiritual. Es como comunicarse con una mirada.


En ese momento estaba observando sus bonitas manos acariciando la hierba. En cuanto dijo eso, alcé la mirada y la posé en sus ojos. Su flequillo jugueteaba con sus pestañas y clavó su mirada en mí. Me quedé sin aliento por un instante. Su mirada brillaba de un modo que nunca antes había visto. Había algo secreto en aquella mirada. No era triste, pero tampoco parecía reflejar felicidad. No fui capaz, por mucho que lo intenté, de discernir qué quería comunicarme con esa forma de mirarme. Lo que me quedó fue una turbación que presionó fuertemente mi pecho y que siempre volvió a mí al recordar aquella apacible tarde de verano.

lunes, 18 de abril de 2011

El Tren 3

CONTINUACIÓN...


La historia comenzó aquí y siguió aquí.



Tras unos instantes me repuse de aquello que me había ocurrido. Aquella posesión que me había hecho moverme como el personaje de la historia que estaba leyendo. Incluso estaba sudando. Me repuse, me reí de mi mismo y seguí con la lectura. El ritmo narrativo era cada vez más trepidante y atrapante. El joven protagonista de la aventura vio como todas las luces que habían ido guiándole en el camino, todas las ráfagas de luz de las lamparillas de los duendes, se iban apagando dejando el camino completamente a oscuras. En aquella quietud y oscuridad, en un mundo en el que no había más que olores y sonidos, el chico sentía un miedo atroz que iba siendo mayor con cada ruido. Se oían elementos propios del bosque, además de otros sonidos algo más preocupantes. Rechinar de dientes. Pisadas rápidas. Ráfagas de viento. Todo aquello sobresaltaba al muchacho que se aferraba fuertemente al lomo de su transporte. Su transporte, ese reptil enorme, siguió su camino. El chico sentía una fuerte presión en el pecho. Necesitaba llegar al poblado al que se dirigía. Si el animal que lo llevaba decidiese quedarse parado o si algo lo hiciese pararse para siempre, no sabría seguir el camino.


La siguiente parada fue Maçanet-Massanes. Varias columnas de hormigón daban la bienvenida a la estación. Eran parte de la adaptación de la estación a la llegada del AVE. A pesar del desconcierto que me produjo el episodio dentro de la novela, me encontraba bastante tranquilo y relajado. El vaivén del tren siempre me había proporcionado un estado de ensoñación muy placentero, casi narcótico. Una de las jóvenes japonesas se descalzó y se masajeó el pie con expresión de cansancio.


El tren paró en otra estación. El silencio entró como un pasajero más y se fue apoderando poco a poco de todos los rincones del vagón. El pasar de páginas que acompañaba mi lectura se hizo, de pronto, demasiado evidente. El sonido se volvió estridente. El silencio y la oscuridad se hicieron dueños absolutos de la estancia. Fui cayendo, irremediablemente, en un sueño profundo y dulce, inocente. Parpadeé de manera pausada y al abrir los ojos ya no estaba allí.


No tuve miedo, sino que un sentimiento de aceptación de lo sucedido creció en mi.


Cuando abrí los ojos encontré frente a mí a tres criaturas de baja estatura. Se trataba de los duendecillos que se describían en la historia. Otra vez mi mente había viajado hasta aquel mundo imaginario. Más que sorpresa o temor, sentí aturdimiento. Como si el viaje, ya hubiese sido físico o mental, hubiera dejado una huella en mi cuerpo, así como un largo viaje en avión o una larga travesía a pie.


CONTINUARÁ...

Ella

Era una niña cuando vio como aquel joven se subía al autobús. Le llamaron la atención sus profundos y serios ojos verdes. El joven vestía unos vaqueros ajustados y una camiseta con cuello en pico que insinuaba la fortaleza de su torso. Ella no lo sabía en aquel momento, pero acababa de descubrir - o lo había hecho su inconsciente - el que sería su prototipo de hombre. El hombre que buscaría entre las sombras de algunos bares, en la cafetería de la facultad, al que sonreiría al pasar por su lado, al que dedicaría miradas furtivas en clase. Ahora se encontraba sentada junto a uno de esos hombres. Ya no recordaba lo que sintió en el autobús aquel día siendo una niña. Sólo quedaba una ligera turbación, casi imperceptible, que la empujaba a quedarse allí, a su lado, en aquel bar. Algo que la obligaba a sonreír de una manera algo tonta, desordenada. Buscaba algo que no sabía exactamente qué era, pero que sabía con total certeza que lo encontraría en aquellos ojos, en los finos labios que quería besar, en los ajustados vaqueros que vestía.

jueves, 14 de abril de 2011

Ambulatorio

Había mucho espacio. Decidió aparcar el coche sin entrar marcha atrás, sino subiendo una rueda al bordillo, encarando la bajada para dejarlo pegado a la acera. Salió del coche, orgulloso, rodeándolo, observando lo que para él era una obra maestra del aparcamiento. Cerró el coche apretando el botón de la llave y comprobó que la puerta estaba cerrada. Se alejó unos pasos, aún con la llave en la mano, hasta que estuvo lo suficientemente lejos, según su parecer, para poder guardar la llave en el bolsillo sin miedo a que se pudiese presionar el botón accidentalmente y el coche quedase abierto. Se giró para comprobar la ubicación del coche y que, efectivamente, el botón no había sido presionado sin querer. Caminó con paso seguro y decidido hacia el ambulatorio. El sol le obligaba a entornar los ojos ligeramente, haciéndole fruncir el ceño, gesto que pensaba que le confería una mirada interesante y profunda. La puerta principal del ambulatorio se abrió automáticamente a su paso, rompiendo su figura en dos mitades y haciéndole desaparecer del reflejo. La estancia, oscura, hizo que tuvieran que pasar unos segundos hasta acostumbrarse a la penumbra. En apenas un minuto, dejó de parecerle un sitio oscuro, ya acostumbrado al tipo de luz mortecina de los fluorescentes.


Tras preguntar en recepción adónde debía dirigirse, subió las escaleras a pie. Leyó “haz salud, sube andando” en uno de los primeros escalones. No pudo evitar soltar una risita burlona pensando en las personas mayores que leerían ese mensaje con impotencia. Un mensaje supuestamente positivo se volvería casi un insulto. En la sala de espera encontró una veintena de personas. Tras hacerse notar enarcando las cejas pidió la vez. Tras fijarse en la camisa naranja del hombre que, hasta su llegada, era el último, se sentó, sabiendo que la espera podía ser bastante larga. Observó que uno de los bancos de madera, que estaban dispuestos en fila para acomodar a los pacientes que esperaban, estaba agrietado y una lámina de madera de un palmo de ancho había sido arrancada. Se preguntó cómo era posible que en unas instalaciones para gente enferma alguien llegara a resquebrajar así uno de los asientos. Imaginó posibles respuestas, pero ninguna le pareció lo bastante plausible. Al llegar su turno, se levantó, sabiéndose observado, llevándose las manos a los bolsillos para comprobar que aún llevaba todas sus pertenencias: llave del coche en el bolsillo derecho, llaves de casa en el izquierdo, billetera en el bolsillo trasero. Intercambió unas cuantas frases puramente explicativas con el doctor, que apenas alzó la mirada del ordenador. Finalmente, le hizo pasar a una sala adjunta, donde una enfermera le vendaría la muñeca. Las manos de la enfermera, aún con los guantes, le transmitieron un calor manso y tranquilizador. Le llamó la atención que a través de unos guantes estériles se pudiera filtrar el hálito de vida de aquella chica. Se sintió aliviado, pues era el primer momento en todo el día en que sentía que el contacto con una persona pasaba de lo superficial y entraba en el ámbito de lo íntimo. Trató su herida con sumo cuidado. Acarició suavemente desde su muñeca hasta el codo. Alzó su mirada y le dijo: «¿Te hago daño?». «No», contestó él sorprendido.


Al salir de la consulta no encontró a nadie en la sala de espera. Todo el mundo se había esfumado. Una corriente de aire correteaba por los pasillos haciendo caer algún que otro papel de los corchos informativos. Fantaseó con la idea de estar viviendo en un mundo post apocalíptico durante un invierno nuclear o tras un brote zombie. Es a lo que le recordaban los hospitales y ambulatorios vacíos. Mientras se encaminaba hacia la salida, seguía pensando en ello: imaginaba un zombie saliendo de alguna consulta, vestido con bata blanca y con el estetoscopio aún rodeándole el cuello, con paso torpe pero decidido. En cuanto cruzó la puerta de salida, volvió a reinar el sonido de conversaciones lejanas y el ajetreo de la ciudad. Todo volvió a la normalidad y atrás quedó el vacío del ambulatorio. El sol le volvió a obligar a fruncir el ceño, pero esta vez no le pareció dignificante, sino más bien molesto. Llegó al lugar donde había dejado aparcado el coche para descubrir que ya no seguía allí. Miró a un lado y a otro para comprobar que no se había equivocado de calle o de lugar. Ninguna señal parecía indicar que el coche estaba mal estacionado y que alguna grúa municipal se lo hubiese llevado, así que presumió que se lo habían robado. Se sentó en la acera. Su frente, perlada de sudor por el calor, brillaba. Notó las axilas húmedas y una gota de sudor le recorrió el pecho hacia el estómago. Se sentía exhausto. Miró su reloj, no tanto para saber qué hora era, sino más bien como un gesto automático, algo desesperado, en busca de algún tipo de respuesta a lo que le había ocurrido. Por supuesto, no la encontró.

martes, 18 de enero de 2011

Obsesión

Cuida su dieta con una obsesión secreta casi enfermiza. Los resultados no saltan tanto a la vista como le gustaría, pero no puede esforzarse más. No puede dar más de si. Los ataques de madrugada a la nevera o al cajón de los dulces no le dejan obtener mejores resultados en su figura. A la mañana siguiente, llena de culpabilidad, no osa mirarse al espejo sin despecho. Siente asco de si misma. Se levanta una hora antes de lo previsto y se pasa tres cuartos de hora en la bicicleta estática pedaleando sin parar antes de desayunar. Un ahora más tarde, entra en la oficina mostrando la mejor de las sonrisas posible. Va ataviada con el jersey más grueso que ha encontrado en el armario para tapar los michelines de culpabilidad.

miércoles, 17 de noviembre de 2010

Murakami

"Aun después de que hubiera dejado el acordeón, ella continuó con los ojos cerrados, aferrada con ambas manos a mi brazo. de sus ojos brotaban lágrimas. apoyé una mano en su hombro, posé los labios sobre sus ojos. Las lágrimas les conferían una humedad cálida y suave. Una luz tenue y dulce iluminó sus mejillas haciendo brillar sus lágrimas. No se trataba, sin embargo, de la luz mortecina de la lámpara que colgaba del techo. Era una luz más blanca, más cálida, como la de las estrellas"


Este fragmento se encuentra en El fin del mundo y un despiadado país de las maravillas, de Haruki Murakami, en la p.446

martes, 6 de julio de 2010

El tren 2

CONTINUACIÓN...


La historia comenzó aquí.


Levanté la mirada del texto por unos momentos. El día era claro. Decidí quitarme la americana para estar más cómodo. Las chicas japonesas seguían conversando alegremente. No tenía ni idea de lo que estaban diciendo. Las niponas jugueteaban con sus móviles de última generación.


Estiré levemente la espalda y acomodé mejor el asiento. Decidí sumergirme algo más de tiempo y con más intensidad en el texto. La verdad es que la historia me estaba enganchando y, además, el escritor, pese a su inexperiencia, sabía seguir un buen ritmo narrativo. El reptil que llevaba al chico a las entrañas del bosque fue aminorando su ritmo hasta detenerse completamente. El chico entraba en un estado de semi-pánico y comenzaba a zarandear con todas sus fuerzas al animal. En cualquier momento, un morador del bosque podría abalanzarse sobre él y no tenía manera de defenderse ante un ataque repentino en aquella oscuridad. El zarandeo pasó rápidamente a los golpes desesperados en el lomo del transporte. Súbitamente, sin saber la razón, me encontré a mí mismo golpeando la mesita donde reposaba el portátil. Habíamos llegado a una estación. Me quedé parado por un momento. Eché un vistazo rápido al resto del vagón para saber si alguien había visto mi estrafalaria actuación. Nada que temer. Parecía que nadie se había dado cuenta.



CONTINUARÁ...

martes, 15 de junio de 2010

El tren

Pelo castaño largo y ondulado, piel morena. Vestido corto veraniego de algodón de color gris con cinturón negro. Figura esbelta. Delicada espalda visible por el escote del vestido. Hermosas piernas. Zapatitos beige que dejaban ver los bellos dedos de sus pies. Me había enamorado. Era la tercera vez en ese día. Me había enamorado ya antes, esa misma mañana, al bajar en el ascensor con mi vecina. De nuevo en la parada del autobús. Ahora había llegado a la oficina y encuentro esta chica sentada en un banco justo enfrente. La vida es maravillosa. Si me enamoro más de dos veces en el camino al trabajo, ya voy todo el día con una sonrisa esbozada en los labios.


Subí a la octava planta, donde esperaba mi jefe con su habitual mirada inquisitiva. Justo en el umbral de la puerta. Allí estaba él: bigote perfilado, pelo engominado hacia atrás, traje impoluto, camisa bien planchada y cara de cabreo constante. Parecía una parodia de sí mismo. Enarqué las cejas a modo de saludo y pasé de largo sin hablar con él, directo a mi puesto de trabajo. Saludé a los compañeros con los que compartía aquellos escasos metros cuadrados que llamaban oficina.


Raquel, la chica que se sentaba enfrente de mi escritorio, vestía una blusa rayada con tonos malva y lila, con varios botones desabrochados que dejaban ver ostensiblemente sus turgentes pechos. Hacía ya unos cuantos días que los juegos de miradas entre ella y yo eran más que evidentes. Nuestra relación, sin embargo, no iba más allá de tomar un café de máquina y charlar de cosas insustanciales. Yo intentaba sonsacarle, sin demasiado éxito, detalles de su vida privada. No había manera de hacer que soltase prenda. Yo quería que me confesase si tenía novio. Realmente no me importaba, pues tampoco estaba buscando una relación seria con ella, pero en el supuesto de que ella no tuviese pareja, las cosas se presentarían algo más fáciles para mí.


Debía tener acabados dos artículos para antes de mediodía. Me encontraba realmente espeso esa mañana. Me acomodé en la silla y estiré la espalda hacia atrás con los brazos extendidos. Alfredo, mi jefe, ya estaba encima de mi escritorio. Me miró a los ojos y frunció los labios y el ceño. Finalmente soltó algunas palabras.

- ¡Peláez! - espetó - ¿Piensa llegar algún día a su hora?

- Lo siento, jefe - respondí - ayer estuve hasta tarde trabajando en casa. Si le parece bien, hoy me quedo un rato más para recuperar.

- No necesito que se quede más tiempo, lo que necesito es que vaya a hacer un recado por mi. Tiene que ir a una reunión a Girona con el editor de la comarca.

- ¿Qué? - eso sonaba horrible y aburrido - ¿No hay alguien más que lo pueda hacer? ¿Alguien más a quien torturar?

- Peláez, no empecemos, sabe de sobras que usted siempre habla con el editor de la comarca y controla todo el tema de los escritores de Girona. ¿Leyó usted mi correo de ayer?

- Sí, claro - lo recordaba vagamente.

- Pues quiero que ponga todos esos datos en común con el editor. Y debe irse ya o no llegará a la reunión a tiempo.

- La verdad es que tengo algo de trabajo aquí. Debo terminar un par de artículos y verá...

- ¡No siga! - interrumpió - Podrá acabar los artículos en el tren. Llévese el portátil.

Llegué a la conclusión de que no había salida para aquello. Así que recogí mis cosas y me levanté. Sonreí una última vez a Raquel buscando una mirada cómplice. Me correspondió.


Ya en la estación de Sants compré el billete de ida y vuelta para Girona. Aún tenía tiempo para tomar un café antes de que saliese el tren. Decidí tomar el café y un bocadillo pequeño de jamón. Apenas había desayunado en casa y me vendría bien para aguantar hasta el almuerzo. Me senté en la barra de un bar cafetería de la estación. Encontré muchas miradas, almas perdidas de aquí para allá. Gente que preguntaba a otras personas de manera impersonal, como si fueran postes informativos. Maletas, prisas, esperas interminables, nervios, pasividad. Se respiraba a estación.


Una vez en el tren, me fije en un grupo de cuatro alegres y jóvenes japonesas que se sentaban en los asientos del otro lado del pasillo, junto a mí. Charlaban afablemente mientras comían unos panecillos. De una manera casi servil, recogían todas las migajas que caían con cada bocado en una servilleta mientras seguían conversando. Esto me hizo pensar en lo sucios que solemos ser los occidentales. Sé que el carácter japonés es distinto, ni mejor ni peor, que el nuestro, pero siento cierta debilidad hacia esa cultura.


Saqué mi portátil y lo acomodé en la mesa de mi asiento. Enchufé el cargador para no gastar batería mientras pensaba en los dos artículos que debía escribir. La manzana de Apple apareció iluminando la pantalla. Por mi mente no discurría ninguna idea de provecho que me pudiera ayudar a acabar aquellos textos. Estaban esbozados a base de ideas sueltas aquí y allá. Pensé en la falta de inspiración que me embriagaba en esos momentos y me vino a la cabeza un texto de un escritor joven que no había publicado. Tenía el manuscrito en el portátil para echarle un vistazo y decidí recurrir a él para ver si me podía acercar a las musas.


El texto narraba la historia de un joven en un mundo distinto al nuestro, un mundo de sueños. Un mundo lleno de personajes estrafalarios que vestían ropas carnavalescas. Se podían encontrar enanos, ninfas y duendecillos. Los seres que habitaban el país conocían la alquimia sagrada y extraían pócimas secretas de los frutos de los bosques encantados. Tal y como iba describiendo los paisajes naturales de ese mundo, el narrador me transportaba a ese mundo imaginario. Hablaba de una inmensidad de tonos verdes. La imagen era maravillosa. El personaje principal, el joven humano, montaba en un reptil grande que atravesaba una especie de jungla de manera sinuosa a una velocidad estable. Debía dirigirse a la aldea más alejada del borde arbolado de la jungla. Se adentraba más y más en la vegetación hasta que la luz casi no penetraba entre las hojas de los árboles. La vista se iba acostumbrando a la oscuridad y, de tanto en tanto, algún árbol menos espeso dejaba pasar un haz de luz que ayudaba a seguir el camino. La frondosidad de la selva cada vez era mayor. En el poblado al que se dirigía el protagonista se había llegado a extraer, gracias a las plantas que solo allí crecían, una cura para una rara enfermedad que él padecía. Su piel había cogido tonos verdosos y había perdido todo el vello corporal. Tan solo le quedaba pelo en la cabeza. El bosque, aunque frondoso, perfilaba un camino a seguir, ya que no había ninguna manera de orientarse entre tanta vegetación. A ambos lados del camino se encontraban duendes que emitían ráfagas de luz con unas lamparillas. Se oían las risas nerviosas de los duendecillos. El protagonista se sentía observado.



CONTINUARÁ...

martes, 1 de junio de 2010

Despertar

Los gritos le despertaron súbitamente. Aún sin estar del todo consciente, entendió que algo grave estaba pasando y una alarma asaltó su mente. El poblado estaba siendo atacado. Saltó de la cama de una manera casi instintiva y se dirigió a toda prisa hacia el armario de roble de su habitación. Apenas entraba luz por la ventana, era muy temprano. Una suave brisa de verano entraba dulcemente en la habitación sin tener en cuenta lo que ocurría en el exterior de la casa. Se hizo rápidamente con la pequeña espada que correspondía a un guerrero de su edad. Sintió la empuñadura, envuelta en cuero, fría al tacto. Blandió nerviosamente la tizona delante de sus ojos, casi susurrándole y clamándole valor. Suspiró hondamente y salió de la habitación para dirigirse a la zona común de la casa. Su padre, que esperaba en el umbral de la puerta de salida, se giró hacia él. Su intensa mirada transmitía estupor. Pasaron unos segundos de silencio en los que se miraron fijamente.

martes, 4 de mayo de 2010

significados distintos

Me llama la atención el uso que damos a dos palabras japonesas, otaku y manga. En español no usamos el significado original de esas palabras, sino que las usamos solo para referirnos al sentido de las palabras en lo japonés. Otaku es una voz japonesa que se significa estrictamente “fanático”. No solamente fanático o seguidor del manga, el anime o los videojuegos, sino fanático en general. En español usamos este término para referirnos a la persona fanática de lo japonés, ya sea un fanático del manga, el anime o lo que sea que tenga que ver con lo nipón. Manga es otro ejemplo de una palabra que no se usa igual en japonés, el idioma original, que en español. En japonés significa cómic, ya se refiera al cómic europeo, americano o japonés. En español sólo se usa para referirse al cómic japonés. ¿Me agrada el uso que damos a estas dos palabras en español? Ni sí ni no. El caso es que el lenguaje es lo que es. En el diccionario de la RAE aun no se pueden encontrar. Hacemos un uso distinto, casi localizado, de palabras que en el idioma del que provienen tienen un sentido distinto, se podría decir que más amplio. Simplemente es curioso.

martes, 9 de septiembre de 2008

Musa


Alzó la vista un momento del escritorio para mirar a través de la ventana. Ella estaba recostada en el alféizar y le miró sonriente. Cuando quiso darse cuenta ella ya se alejaba aleteando. Se marchó sin avisar y el texto se quedó a medias.


viernes, 4 de julio de 2008

Kafka en la orilla

de Haruki Murakami

[fragmento:]

Recorro innumerables veces el sendero, me tiendo en el pequeño y redondo claro del bosque, me sumerjo en la luz de aquel rincón soleado. Aprieto los párpados con fuerza y, mientras me llegan los rayos del sol, aguzo el oído al rumor del viento entre los árboles. Escucho el aleteo de los pájaros y el susurro de las hojas de los helechos. La honda fragancia de las plantas me envuelve. Hay momentos en que no noto la fuerza de la gravedad, levito unos instantes. Floto en el aire. Claro que no puedo permanecer indefinidamente en este estado. Es una percepción momentánea que desaparecerá al abrir los ojos y salir del bosque. Pero, por mucho que lo sepa, es una experiencia abrumadora. Poder flotar en el espacio.